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¡El Chupinazo estalló!

Hombre y bestia en ese breve tiempo liberan adrenalina.


 

Ya a las 12:00 horas del día 6 de julio en Pamplona la emoción se desbordó. Miles de mozos gritaron: “¡Pamplonesas, pamploneses, Viva San Fermín!”.

Al día siguiente, a las 08:00 horas, salido el encierro de los corrales de Santo Domingo, correrían sin tocar al toro, por las calles, hasta llegar a la plaza. La original carrera concluirá mañana, viernes 14.

En dos minutos y segundos, manada y corredores recorren, en una semana, los 850 metros, la distancia que separa las corraletas del túnel de entrada a la arena. Hombre y bestia en ese breve tiempo liberan adrenalina. Aquel desafía el peligro; ésta, por la iracundia del momento, muestra su instinto asesino. Vida y muerte confrontan en ese diminuto tiempo los atrevidos mancebos.

No solo son ibéricos; estadounidenses, franceses y de otras nacionalidades hacen alarde de valor. Unos adelante, otros al lado de los berrendos, cárdenos, castaños, entrepelados, jaboneros, negros, rebarbos, sabaneros, negros. Los atrevidos mancebos desafían la muerte.

Una caída frente al toro brocho, cornigacho, cornilargo, cornidelantero, corniapretado, o veleto, les deja a merced de sus astifinos pitones. Divertida y temerosa es la carrera.

Los espectadores aplauden la valentía de los hombres, o bien, el trapío, la catadura del encierro. Disfrutan la carrera. La tragedia, cuando se da, los conmociona.

La aceptan, sin embargo, como parte del popular recorrido. Lo han llamado “Pamplonada”. Aun con lo brutal que es, históricamente ha sido y sigue siendo el atractivo más admirado de la centenaria feria.

Es parte del contexto cultural y religioso con el que los navarros festejan a San Fermín, Santo Patrón de su localidad. El origen de los encierros Sanfermines se pierde en el tiempo. Algunos cronistas los sitúan en el medioevo; otros, en el siglo XIX.

Polémica, como todo lo taurino, es su procedencia. La duda carece de importancia; cada año los presentan como preámbulo de la corrida. Fueron inmortalizados por Ernest Hemingway. Conocidos en los años veinte del siglo anterior, Hemingway los llevó a la literatura, dándoles proyección internacional con La Fiesta, una sus novelas. Así difundió e inmortalizó el famoso festejo.

Sangre de los heridos por los trompicones recibidos humedece la loza de las calles de Mercaderes y Estafeta de la vieja capital; la de matadores y bestias moja la áurea arena del ruedo. Desde 1924, año en que por primera vez el autor de El Viejo y el Mar presenció la apresurada carrera, los toros han causado la muerte a quince osados muchachos.

El último, un joven de Alcalá de Henares, el 10 de julio de 2009, fue empitonado por el toro “Capuchino”, de “Jandilla”, ganadería badajoceña, de Don Pedro Domecq.

Además resultan extraños algunos hechos. En tres años consecutivos, un toro de José Escobar se aparta de la manada. Del encierro del sábado, el toro “Diputado” se relegó; reencausarlo en el recorrido llevó un tiempo de dos minutos más del habitual. No obstante caminar solo, no empitonó a mozo alguno.

Con solo cuatro toreros heridos por asta de toro en la arena y dos en el encierro hasta el día de ayer, la fiesta sigue en auge. Mañana viernes, por trigésima sexta ocasión, toros de Miura cerrarán la tradicional semana taurina. Ya está en los corrales el encierro. Dispuestos los aguerridos mozos que correrán a la par con los toros de la legendaria ganadería.

Hace diecisiete años, el 14 de julio de 2001, Eulalio López “El Zotoluco” enfrentó dos ejemplares de esa dehesa. Fue la última corrida del serial pamplonés. Con dos orejas en la mano, abrió la puerta grande. “Fue maravilloso, increíble, -diría a los periodistas- que ante un público como el de Pamplona, haya sido capaz de someter a los toros de Miura y que gritara: “Zo… toluco”, “Zo… toluco”. Hasta este año, ningún torero mexicano, después del maestro, se ha presentado en la plaza de esa ciudad.

 

Por: Anastasio Serrano López.