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El dilema de la “Pobreza Culta”

¿Quién quiere a los posgraduados en México?


Por: Iván Pável Vera Román

 

 

Anteriormente, un título universitario representaba una de las inversiones más rentables para el individuo. Incluso, aún hasta en el periodo del “milagro mexicano”, un bachiller representaba un estrato cultural con importantes conocimientos y habilidades que le proyectaban en el campo laboral y que aseguraban remuneraciones dignas. Existía un reconocimiento social y un respeto profundo hacia gran parte de las profesiones y profesionistas quienes gozaban además, de un prestigio evidente en las comunidades y círculos en los que interactuaban.

Padres de familia de distintas composiciones sociales, afirmaban que la mejor herencia que podía dejársele a un hijo, eran sus estudios, ya que de alguna forma, era el mecanismo por excelencia por medio del cual se le dotaban las destrezas y los constructos socio-cognitivos para ejercer una profesión y tener un modo de vida lícito que le permitiese subsistir holgadamente. Aún en los años noventa, existía una importante demanda de espacios académicos y una colocación laboral casi proporcional al número de egresados quienes finalmente, pertenecían a una elite generacional que los ubicaba por encima del mexicano promedio y que les aseguraba un panorama de estabilidad económica.

Posterior al “error de diciembre”, al colapso de los mercados y a la imbatible devaluación, el poder adquisitivo comienza un descenso sostenido que ha colocado a las familias en la necesidad de obtener ingresos que superen los $598.4 pesos para asegurar la satisfacción de los servicios más elementales. Evidentemente, en un país en el que la mayor parte de sus habitantes son pobres, en un país que se ubica entre los menos favorecidos de América Latina en materia económica y en un país en el que el 1 % de la población detenta el 40 % de la riqueza y los medios de producción, aspirar a un ingreso tal, es en teoría imposible.

Ahora bien, seguirle apostando a la educación no es del todo la respuesta. Mucho se ha hablado de la ciencia, el arte y la técnica como plataformas de crecimiento. Sin embargo, existen necesidades primordiales que deben atenderse en el día a día de las familias para salir adelante. La formación continua, si bien representó en su momento una tendencia cultivada en las instituciones universitarias para favorecer la investigación y el desarrollo, hoy, representa un “riesgo” para el postulante.

Ni al sector privado, ni al público, ni al gobierno como instrumento de dominación, les resulta cómoda una población capacitada, mucho menos, un reducto social de posgraduados, porque, en primer término, representa un sector más demandante, cuyos servicios requieren una remuneración superior. Uno de los grandes atractivos de México en tal sentido, ha sido el bajo costo del obraje, de la producción y las exenciones fiscales. Es claro: a mayor preparación, mayor remuneración y ello escapa de los márgenes de rentabilidad, pues siempre habrá alguien dispuesto a hacer más por menos.

Así pues, se le llama “pobreza culta” a ese sector que cuenta con la información suficiente para ser un catalizador en distintos núcleos sociales. Sin embargo, los datos muestran que hoy por hoy, los posgraduados enfrentan severas dificultades para encontrar un empleo estable y cuya remuneración sea proporcional a la inversión realizada durante media vida de preparación. Se calcula que un egresado de las universidades de mayor prestigio en México, percibe ingresos menores hasta en un 40 %, en comparación con los recibidos en 2005. Este descenso ha sido sostenido hasta 2017, mostrando una caída neta de hasta el 300 %.

Basta con observar las ofertas de empleo en las que se le apuesta a la juventud y a la energía y no al conocimiento o la especialización. Pude constatarse que tiene más probabilidades de ser contratado un individuo con preparatoria que uno que ostente un título universitario. La maquila y la manufactura son el nuevo paradigma laboral y en consecuencia, el educativo. La paradoja: a mayor preparación, menor remuneración.

El anhelo y la última esperanza consistiría en que el gobierno federal dejase de tasar el salario mínimo en función de los índices que reporta la inflación. Ello implica trasladar el concepto de retribución salarial al plano de las garantías constitucionales en concordancia con los tratados internacionales. Finalmente, nos queda reconocer y valorar la formación continua, apostar a la especialización y la innovación como herramientas para el desarrollo en colectivo.