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Pasión y náusea en París

El capitalismo lo simbolizan anuncios de alta costura o perfumería, protagonizados por maniquíes heroicos; mitad personas, mitad dioses.


 

 

La última vez que había estado en aquel supermercado de Montparnasse vendían -lo juro- agua con oro. Esta vez el agua con oro no la encontré, pero sí que seguían otras tantas inacabables marcas de agua de lujo, entre las que llamaba especialmente la atención la botella “BLING H20”. 51,30 euros a cambio de 750 mililitros de agua.

Visitar las mencionadas galerías de Montparnasse es dejarse absorber por un museo de la ostentación europea, una revista del corazón donde asomarse a la vida de los ricos ahí, en mitad de París: el mercado en cuestión se organiza alrededor de estantes categorizados por países más o menos exóticos -un guiño al pasado colonial, que se vuelve más evidente en la sección de chocolates envueltos en papeles con motivos indígenas-; las cajeras, además, proceden de un montón de geografías diferentes, y muchas de ellas podrían ganar concursos de belleza.

Todo reluce. Bastión firme del fillonismo urbano, el supermercado despliega la majestuosidad por la que tanta gente ama esta ciudad, y también la ofensiva inmoralidad por la que sus mismos ciudadanos la repelen.

Repetimos: 51,30 euros por una botella de agua en la misma ciudad donde una manifestante del 1 de mayo nos decía que a veces cobra 300 euros al mes, donde un chico puede ser violado con una porra por la policía por ser negro, y donde los trabajadores sociales ven cómo Europa los abandona, los hunde y los presiona hasta dejarlos en una situación de vulnerabilidad inaguantable, zombis en un combate contra el neoliberalismo que ya hace tiempo que perdieron.

El capitalismo, y sobre todo el capitalismo en París, es innegablemente bello. Todo el amor y la alegría que ves están siendo fingidos. Aparentamos alegría, pero están completamente solos. Solos.

 

 

Por: Luz del Alba Belasko.