eeee

Enseñar historia: Pasado para el mañana

El espejo de la historia nos observa a carcajadas.


Por: Iván Pável Vera Román

 

 

Para Herodoto de Halicarnaso, la historia era un recuento riguroso de los hechos, sobre todo en la guerra, en el que enunciaba las causas de las acciones y los conflictos humanos. De esta manera, generaba el testimonio que evitaría el olvido.

Tucídides por su parte, otorga una línea discursiva que se centra en la naturaleza humana, como lo dictaba la escuela sofista y se aleja de la especulación épica y religiosa para hacer un tanto más comprensible el presente. Polibio a su vez, se enfoca en la investigación y el estudio de la tradición, concibiendo a la historia como una forma de pensamiento universal y científico que contribuye a impedir que el hombre caiga de nueva cuenta en sus propios yerros. San Agustín, de extracción maniquea, introduce el valor filosófico de la historia como condición intelectual que busca procurar al hombre no sólo de sabiduría, sino también de comprensión para alcanzar la beatitud: historia como acción divina.

Posteriormente, Bernheim la definía como “la ciencia de la evolución del hombre considerado como ser social”. W. Bauer como la “ciencia que intenta describir y explicar, volviendo a vivirlos, los fenómenos de la vida en aquello que se trata de los cambios de las relaciones de los hombres con las diversas colectividades sociales”. Marc Bloch decía que “la historia no es solamente una ciencia en marcha. Es también una ciencia que se halla en la infancia: como todas las que tienen por objetivo el espíritu humano, este recién llegado al campo del conocimiento racional.” Como sea, hablar de historia, de pasado, de presente, de futuro y de tiempo, es inseparable de la individualidad, del ser, de la humanidad.

Es indispensable para conocer al prójimo, al vecino misterioso detrás de la ventana, al abuelo que sueña atardeceres lluviosos, a la joven enamorada, al niño que explora las profundidades del océano ultramaro. El espejo de la historia nos observa a carcajadas. Somete nuestra percepción de la realidad, bebe fermentos ceremoniales con nuestros antepasados y cuestiona el desastre del sistema educativo nacional entre hojas otoñales y libros de texto forrados de papel lustre amarillo.

¿Qué se enseña en Historia? El tránsito de los pueblos, las eras y las civilizaciones. El hacer colectivo, el legado propio. Todo ello se transmite a nuestros descendientes para que no nos olviden. Si no nos piensan, no existimos. Se enseña el pasado como modelo, como cuenco de sopa primordial. Se enseña orden y significación entre seres y relaciones. Representa la sabiduría y la certidumbre. Se enseñan los referentes, se dan los moldes, las escuadras para construir mañana.

Necesitamos situarnos en el tiempo, auto clasificarnos, reagruparnos para adquirir consciencia y lamer nuestra heridas. Es necesario seguir enseñando historia y hacerlo bien. Sin prisas y constantemente, pues corremos el riesgo de extraviarnos en el limbo, en el espiral del tiempo, en planos alternos, en retórica infértil.

Es necesario seguir aprendiendo historia, más allá de oficialismos y burocracias que pervierten el espíritu perfeccionador, que ensalzan la promiscuidad de las instituciones, que veneran héroes impostados, que sentencian villanos melancólicos. Es fundamental hacerlo porque es sentido crítico e instrumento civilizador. Permite reconocer y nombrar como si fuera un atributo de dios, sí, dios con minúscula, genérico, pero dios al fin.

Es imprescindible hacer historia a futuro, adelantarnos a las posibilidades y más allá de los márgenes de las horas y los segundos. No precisamos de salmos y efemérides vacías, lapidarias, como si se tratase de liturgias, como preámbulo de ceremonias escolares, como colofón de honores a la bandera. No es decreto colocar imágenes de la Corregidora o del Benemérito como mustios santos de alquiler para legitimar la Patria, no hacen falta representaciones ni desfiles para honrar a los muertos o para lavar la culpa. No se exalta el nacionalismo con fetiches de museo, no hay identidad nacional si no la construimos en conjunto; ahora, porque vivos estamos y por qué no, con lo que se puede, hacemos historia.

 

 

Portada: “Mirror Smile”; Irfan Sampe. Flickr.