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Los Páramos Rulfianos

Juan Rulfo aprendió fotografía de manera autodidacta. El alpinismo lo guio hacia el mundo de la cámara.


Rulfo con la fotografía, en donde, al igual que con la literatura, dejó una huella importante de su visión de México a través de temas recurrentes, como el paisaje, la arquitectura, la cinematografía, la danza, el retrato y la vida rural y urbana.

El escritor mexicano, autor de una de las mejores novelas escritas en América, “Pedro Páramo”, no sólo quedó catalogado como un excelente retratista literario, profundo narrador de grandezas y miserias del ser humano, sino que con sus 6,000 negativos atesorados ha conseguido transmitirnos multitud de las escenas que impactaron en su retina.

Rulfo era muy aficionado a la fotografía. De los 10,000 libros de su biblioteca, 800 eran de fotografías, y -además- coleccionaba revistas y recortes fotográficos.

El mundo que Juan Rulfo capta con su oficio fotográfico está íntimamente ligado a su percepción como escritor. Es magnífico el juego de luces, un juego claro-oscuro, fuerte, nítido, que contribuye a reflejar el claroscuro de la tierra que escudriña, con una visión inmensamente cristalina, pero sumamente inteligente… y subjetiva.

Ese claroscuro no solo se refiere a lo lumínico, sino a lo temático: la niña -Blancanieves- en la soledad opresora de un bosque de troncos gigantescos; el templo emergiendo entre la lava seca, o la soledad del hombre ante el estéril llano.

Cuando se entretiene en el hombre, Rulfo lo ve en estado puro. El individuo no posa, se muestra ante la cámara con una naturalidad casi mítica, con un gesto eterno. “Cada uno de los hombres, mujeres y niños de las fotografías de Rulfo posee una riqueza inmediatamente reconocible. Se llama dignidad. No siempre alegría”, dijo Carlos Fuentes, un día.

Por: Luz del Alba Belasko.