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El primer “viaje” en bicicleta

El vehículo testigo de nuestra madurez.


Indiscutiblemente, pensar en una bicicleta nos evoca momentos de nuestra infancia, las largas tardes soleadas, la amistad, la familia, las risas, la felicidad.

Pero no sólo eso, pues la bicicleta también representó en nuestras vidas el primer miedo a enfrentar y la primera razón para continuar después de una caída.

Un elemento así en nuestra vida es digno de recordarse cada año, y hoy 19 de abril, es la fecha indicada.

La celebración, introducida desde 1985, se debe a la iniciativa del profesor de la Universidad de Illinois, Thomas B. Roberts en honor a la primera experiencia psicodélica del científico Albert Hoffman en 1943.

Fue en una tarde de abril cuando Hoffman quedó expuesto ante las inclemencias de una nueva y fascinante sustancia: la dietilamida de ácido lisérgico (LSD), cuando estudiaba los alcaloides derivados del cornezuelo de centeno, un hongo parásito común en este cereal.

Luego de sentirse algo extraño al exponerse a una “pequeña dosis” de dicha sustancia, Albert Hoffman que trabajaba en los laboratorios Sandoz, decidió retirarse a casa a bordo de su bicicleta, el vehículo donde experimentó el primer “viaje” ácido que un humano tuvo en la Tierra.

Al principio pensó que se había vuelto loco, o peor aún, que ya estaba muerto. Su conciencia se desprendía en instantes de su cuerpo, pero al mismo tiempo experimentaba con el entorno real. Viajó al centro del universo, se convirtió en parte del todo y después, paulatinamente pasadas algunas horas la experiencia dejó tras de sí un sentimiento de paz, de renacimiento, de claridad.

Fue entonces que el científico sueco se dio cuenta que estaba ante una de las sustancias psicoactivas más poderosas del mundo. El potencial del LSD representaría una revolución en la consciencia de la humanidad.

Pero el sueño de cambiar al mundo casi se desvaneció cuando el ácido lisérgico llegó a las calles. Comenzó la contracultura de la psicodélica generación de los sesentas, que se manifestó en la música, la pintura, en las artes en general; inspirándose en la liberación pero también en la unidad.

Lamentablemente los excesos, se encargaron de “darle mala fama” a la droga. La comunidad internacional presenció cómo las sobredosis volvían locos a los consumidores, lo que originó en la persecución, la prohibición y el exterminio de esa “sustancia diabólica”.

Sin embargo, el LSD continúo con vida, en la clandestinidad. Hoy en día las cosas han cambiado, el incomprendido LSD, ha vuelto a los laboratorios, en el tratamiento de enfermedades terminales  como el cáncer; la ansiedad, la depresión y hasta la esquizofrenia. El LSD no quedó perdido en el ocio y la vulgaridad, sino que continúo su camino para atender graves males a través de la medicina y la neurociencia. El sueño de Hoffman de cambiar el mundo, se mantiene.

Y la bicicleta continúa como testigo de este primer viaje y de muchos otros.

Pedaleo tras pedaleo, la bicicleta sigue contemplando el paso hacia la madurez, recordando el papel de la existencia humana; pues es en ella donde se aprecia claramente al humano como él único motor que echa a andar esta sencilla pero tan completa máquina; al humano que toma el rumbo del viaje, de su vida.

Por: Vladimir Ríos.